Debate

Un nuevo tiempo para el socialismo

Quisiera, en estas páginas, dar algunas claves de lo que nosotros consideramos por socialismo. Dar cuenta de los valores que nos guían y sobre todo, como pueden ser aplicados en un mundo nuevo. Ciertamente, quienes llegamos a la izquierda democrática en los años sesenta y setenta, actuamos en una realidad que no es la misma. Pero los valores que nos guían a la acción son exactamente los mismos.

No pasa un solo día sin que asistamos a situaciones de injusticia. No hay un solo día en que no sintamos que algo está mal. No hay siquiera un momento en el que dejemos de pensar en las miles de millones de personas que viven en una situación humillante. Eso es lo que nos convoca y nos llama a los socialistas.

Nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. ¿Por qué estamos en cada barrio, en cada ciudad y convocamos a la gente a trabajar en comunidad? Lo hacemos porque creemos firmemente que las sociedades pueden cambiar y estamos convencidos de que no debemos vivir en la injusticia y la desigualdad. Todos los seres humanos tenemos el derecho a vivir dignamente.

El Partido Socialista tiene 120 años de historia. Su acerbo, cuenta con importantes luchas y batallas que dieron lugar a transformaciones reales en la vida de la ciudadanía. Muchos de los derechos adquiridos por la sociedad argentina fueron planteados, antes que nadie, por socialistas. Hombres y mujeres que se organizaron para postular lo evidente: que los trabajadores, las mujeres y los jóvenes contasen con derechos para vivir una vida más justa. Así lo hicieron también tantos otros en el mundo. El socialismo es un movimiento internacional que busca la paz, la democracia y la igualdad. Un movimiento que se hermana con los que menos tienen, con los que más necesitan porque reconoce que la desigualdad y la pobreza no son naturales, sino construcciones sociales que no se pueden imputar a la responsabilidad  individual ni a la mano invisible de mercado.

El mundo cambia y el socialismo debe cambiar con él. De lo contrario, se anquilosará o acabará dando la espalda a aquellos a los que nació para representar. Debe plantear un futuro nuevo que tome en cuenta los cambios en los modos de producción, en las relaciones sociales, en los vínculos y nuevas formas de comunicación entre los seres humanos. Si no lo hace, corre serios riesgos de quedar relegado como alternativa política y ésto supone bajar los brazos ante quienes, en lugar de buscar la justicia y la igualdad en el marco de la globalización, solo se proponen sostener el statu quo y ampliar el poder de los que ya son poderosos. O peor aún: ceder ante quienes quieren retrotraer a la humanidad a tiempos oscuros. Por eso, hoy más que nunca, hay que renovarse para generar un nuevo socialismo.

Un socialismo para el mundo contemporáneo

Durante las últimas décadas hemos asistido a imponentes cambios globales. Desde la caída de la Unión Soviética, el capitalismo no ha dejado de conquistar mercados y de estructurar formas de producción novedosas. La llamada globalización de la economía, en su momento celebrada por diversas fuerzas sociales y políticas del mundo, acabó encorsetada en los criterios de la derecha. El neoliberalismo, como una nueva versión del capitalismo posterior al Estado de Bienestar, acabó ganando la batalla.

Los socialistas, ante lo inevitable de la globalización, trabajamos para revertir sus efectos más negativos: la concentración de la riqueza en pocas manos. Establecimos una denodada lucha contra la desigualdad y la pobreza, e intentamos, contribuir a un proceso que diera lugar a la igualdad y la solidaridad. Allí donde gobernó el socialismo, el proceso globalizador asumió un rostro más humano. Y, sin embargo, hoy vemos que la socialdemocracia, como sistema de ideas y como proyecto político ha perdido impulso. En algo hemos fallado.

Quienes pertenecemos a la izquierda democrática tenemos un sano ejercicio para superar nuestro estado acutal: la autocrítica. De pensar en aquellos errores que cometimos buscando objetivos, sin duda, valorables. Ese ejercicio crítico nos habilita, a fin de cuentas, a establecer una proyección futura, a desarrollar nuevas ideas, y a asumir los retos del porvenir.

Desde que a mediados de 1970, comenzó la crisis del Estado de Bienestar, los socialistas nos abocamos a su absoluta defensa. Y luego cuando con la caída del muro de Berlín, sobrevinieron los tiempos del neoliberalismo quisimos contener la crisis social: defendimos con ahínco el derecho a la salud, a la educación y al trabajo. Defendimos las conquistas que durante tantos años dimos por una mejor calidad de vida para los trabajadores y trabajadoras del mundo. Pero no fuimos capaces de trasladar esa lucha al ámbito de la cultura. No fuimos capaces de hacer una crítica profunda de la sociedad de consumo, y de ampliar seriamente las fronteras de la participación democrática. No fuimos capaces de dar contención política y cultural a una ciudadanía con nuevas demandas, con mayor necesidad de ampliar sus derechos. En definitiva, asumimos un paradigma cultural que no nos era propio. Hoy, tenemos el desafío de revertir esa tendencia.

Cuando nos referimos a la esfera de la cultura, debemos ser claros: expresamos, ante todo, una crítica de la cultura política colonizada por la argumentación neoliberal. La izquierda no ha sido capaz de revertir la tendencia fundamental de ese sistema: la que coloca al tener frente al ser. Una innumerable cantidad de mensajes de la sociedad de consumo vinculan la idea de ser humano con la posesión de bienes. Resulta evidente que la izquierda lucha y combate por el acceso igualitario a bienes y servicios, pero no por su acumulación ni por su derroche. La cultura del úselo y tírelo, de la novedad permanente, del gasto antes que del cuidado, ha calado profundamente en las sociedades contemporáneas. En tal sentido, los socialistas debemos volver a propugnar una nueva forma de vivir. Si para algo estamos aquí, es para proponer una alternativa y para hacerla real entre nosotros mismos. Vivir sobriamente, conectarnos los unos con los otros, formarnos, ser capaces de convivir con una idea del espacio y del tiempo que apele a la fraternidad de los vínculos humanos y no a la mera rapidez del mundo del consumo, es una tarea esencial para quienes promovemos las ideas de la izquierda democrática.

Modificar una cultura social y política instalada implica asumir que el socialismo, más que un objetivo final, es una tarea cotidiana, una manera de ser y de actuar, y que el conjunto de valores que proponemos constituye nuestra forma de vida: desarrollar nuevos patrones de conducta, vincularnos de otra manera entre nosotros, adoptar formas de consumo sustentables, brindar tiempo y dedicación a los otros (a los seres queridos y a aquellos que lo necesitan).  Poner en el centro de nuestra vida y de nuestra cultura al espacio público por sobre el privado, a los vínculos por sobre los intereses, a las ideas por sobre el oportunismo, al respeto por la naturaleza y el ambiente por sobre su destrucción.

Hay quienes se preguntan si el socialismo será capaz de dar respuesta a una situación mundial como esta.

En diferentes países, los que pertenecemos a organizaciones políticas de la izquierda democrática percibimos que el mundo cambia a una velocidad vertiginosa, mientras las relaciones sociales se debilitan, los vínculos se diluyen y los lazos sociales se esfuman en una cultura individualista. Y todos quieren saber si podemos hacer algo.

Sabemos que el futuro no está escrito y que depende de lo que hagamos nosotros.  En el 130 aniversario del fallecimiento de Ferdinard Lasalle, fundador del Partido Socialdemócrata Alemán, Zygmunt Bauman afirmó que “La desgracia de la socialdemocracia actual es que no hay una visión alternativa, una utopía”.

El socialismo debe construir precisamente la alternativa partiendo de la interpretación del presente, y con la utopía por delante, para darle un sentido a nuestras vidas y alcanzar una felicidad distinta a la que nos propone el mercado.

En la frase de Bauman se nos plantea con contundencia y claridad la poderosa transformación global de las sociedades y nos alerta de los peligros que correremos si repetimos las recetas del pasado. Con una sociedad líquida, no podemos volver a plantear el sólido argumento del Estado de Bienestar.

El Estado de Bienestar, con su potente gasto público y su política centrada en la garantía del trabajo y los derechos sociales, es, lamentablemente, una experiencia del pasado. Plantear hoy la posibilidad de reconstruirlo tal cual fue es inviable. Correspondió a una fase específica del capitalismo y, en cuanto ésta se vio jaqueada,  aquél comenzó a flaquear.  Ciertamente, la socialdemocracia produjo avances profundos en un período de tiempo acotado y en un espacio circunscrito esencialmente a Europa. Generó Estados potentes, con modelos  basados en un aumento del gasto público que equilibraron la relación entre capital y trabajo y que fortalecieron a las organizaciones sindicales y del movimiento obrero. Sus políticas llevaron a niveles de desarrollo e igualdad nunca antes vistos en la historia. Lo hizo, además, en un contexto político conflictivo: reinaban los tiempos de la guerra fría y el mundo estaba llamado a escoger entre dos sistemas con evidentes contradicciones. Uno que sacrificaba la libertad en aras de una igualdad que, por otra parte, era comprendida como uniformidad. El otro, que garantizaba la libertad y el Estado de Derecho pero que no cumplía con las expectativas igualitarias y de bienestar para las que había nacido el socialismo. El modelo socialdemócrata, que ciertamente se produjo al interior del capitalismo, fue una alternativa intermedia que logró paliar – con todas las contradicciones que tienen los procesos híbridos y que no se proponen como solución final de los conflictos humanos – las contradicciones tanto del capitalismo más desbocado, como de los regímenes del llamado “socialismo real”. Se apoyó en la libertad y en el pluralismo político, consideró imprescindible la existencia de partidos políticos y asociaciones libres, y a la vez fortaleció la idea de que para la existencia de una democracia cabal hacía falta aumentar los márgenes de la igualdad social.

Como decíamos anteriormente, el socialismo no puede ofrecer tan solo un nuevo modelo económico para hacer posibles mejoras en las condiciones de vida de la ciudadanía, para hacer menos injusto el capitalsmo. Hoy, quizás como nunca antes en la historia, debe proponer una nueva forma de estructurar la sociedad, un nuevo paradigma que modifique los vínculos, que fortalezca el respeto, la participación  y la solidaridad. Si algo debe promover el socialismo es una vida mejor en comunidad. Para ello, precisa fortalecer no solo una nueva relación entre el Estado y el mercado, que sólo entiende a la sociedad en términos económicos, sino una potente definición cultural que habilite la participación ciudadana, que fortalezca el cooperativismo, el asociativismo, y la realización del individuo en tareas que ayuden a forjar una sociedad mejor.

En síntesis, los socialistas debemos comenzar a esbozar un nuevo paradigma. Hace algunos años, diversos teóricos comenzaron a manifestarse en torno a la idea de una “Sociedad del Bienestar”. En lugar de pensar meramente en términos de Estado – en sociedades en las que el poder de los mismos ha menguado justamente por el proceso globalizador – deberíamos atrevernos a fortalecer la idea de participación y asociación, aliviando así el  paternalismo social que ha burocratizado la política social. Eso nos permitirá generar transformaciones junto a las organizaciones y movimientos sociales, con las asociaciones de la sociedad civil, con las diferentes comunidades. No hacerlo, solo contribuirá a generar un nuevo fracaso.

Las sociedades, embestidas por el proceso de globalización, demandan  exactamente eso: ser escuchadas y atendidas. En todo el mundo, y como producto de una crisis económica que es, fundamentalmente, una crisis cultural y de modelo de sociedad, miles de personas se manifiestan con indignación frente a las inequidades.  Muchos hablan de una revuelta contra el “establishment político”, contra las “viejas representaciones” y contra “el sistema”. Sin embargo, de lo que verdaderamente se trata, es de los ciudadanos exigiendo atención y respuestas a sus demandas.

Sin dudas, la globalización económica, encorsetada en el marco del neoliberalismo, produjo asimetrías que parecen insalvables y dejó fuera de las relaciones sociales, a millones de seres humanos que sienten, hoy, su derecho a rebelarse. También expulsó identidades políticas y confinó al olvido a importantes sectores de la población que habían sido reconocidas por el Estado de Bienestar. En cuanto las nuevas tecnologías comenzaron a expulsar del mercado laboral a los tradicionales representados de la izquierda, el socialismo democrático no contó con armas poderosas para incorporar a esos sectores a la economía. Faltó, como dice el teórico español Ignacio Urquizu, audacia. Hoy, debemos recuperarla si queremos hacer frente a la antipolítica que deriva, rápidamente, en autoritarismos y populismos.

La palabra clave de esta época es “incertidumbre”. De allí nace la indignación y el temor. De allí nacen también las opciones políticas que intentan medrar con la sensación de orfandad de los ciudadanos. No sabemos hacia donde vamos ni quienes conducen el timón del mundo. Solo sentimos que, día a día, los Estados pierden peso. Sin embargo, no son los ciudadanos quienes ganan poder: son los mercados.  La desregulación y la flexibilización nos arrojan a las calles, eliminan nuestros derechos y amenazan con apoderarse de nuestras vidas. La incertidumbre se vuelve el marco de nuestra época. Hay miedo a perder el empleo o miedo a no conseguir uno nunca. Miedo a vivir cada vez peor y miedo a que el progreso tecnológico amenace nuestra existencia.

El desarrollo de posiciones antipolíticas – y en algunos casos antiestablishment – nos obliga a repensar nuestro papel en los sistemas políticos del mundo contemporáneo. Ciertamente, las formas políticas del mundo occidental están anquilosadas. En muchos casos, sectores de los Partidos y de los funcionarios, se encuentran enrocados en las instituciones. La ciudadanía se siente ajena a las mismas y siente que ellas han sido “colonizadas” por una burocracia que no tiende puentes a la participación.

En esa rebelión antielitista está contenida la rabia de aquellos que se indignan ante una globalización que no los ha incluido. Pero también está el peligro latente del nacionalismo, de los particularismos, del odio a los diferentes, del rechazo a los extranjeros. Incluso peligra la democracia misma.

Los socialistas tenemos la obligación de recuperar nuestra identidad para  evitar estos fenómenos. Debemos dar respuestas a una globalización excluyente, generando oportunidades para los más desfavorecidos y ampliando la democracia. Debemos contener en su seno a todos aquellos que más la necesitan, a quienes no se sienten representados. En definitiva, tenemos la obligación de hacernos cargo de las demandas de los ciudadanos. Solo así podremos generar un sistema político que no sea visto ni entendido como distante o lejano. Solo así podremos reducir el marco de acción de quienes desde posiciones autoritarias, se aprovechan de los legítimos sentimientos de desafección y rabia de la ciudadanía.

Los Trump, los Le Pen y los neofascistas que surgen en toda Europa, lucran con la sensación de impotencia de millones de trabajadores. Pero los hombres y mujeres honestos precisan una respuesta justa y no una demagógica. Los cánticos de la derecha -y también los de algunas izquierdas- no son la solución a los problemas de buena parte de los hombres y mujeres excluidos de la globalización. La respuesta es la ampliación de derechos y de libertades, revisar nuestros procesos políticos y llevar adelante las propuestas que permitan construir, junto a la sociedad y no sólo desde el Estado, el camino hacia sociedades más fraternas e inclusivas.

Lo que sucede hoy en el mundo no es nuevo. Es la contradicción inherente entre un capitalismo que tiende hacia el aislamiento y la desigualdad y la democracia que supone igualdad y comunidad. Al igual que en otros períodos históricos que creíamos desterrados, la democracia y los derechos humanos son amenazados por fuerzas del poder.

Afortunadamente, los ciudadanos que se indignan no siempre buscan respuestas en la extrema derecha. También lo hacen en la izquierda. Allí están los miles de norteamericanos que apostaron por un candidato socialista como Bernie Sanders, o los británicos que llevaron a Jeremy Corbyn al liderazgo del histórico Partido Laborista. Allí están los alemanes que llevan como candidato a canciller a Martin Schulz y los compañeros franceses que apuestan por el socialismo ciudadano de Benoît Hamon. Los gobiernos socialistas de Portugal, Uruguay y Chile. En muchas otras sociedades, la socialdemocracia se renueva lentamente, pero con la conciencia de la necesidad de dar respuestas a una ciudadanía que, en parte, se ha sentido abandonada.

El socialismo es un movimiento amplio y diverso. Contiene en su interior diferentes perspectivas. En cada momento analiza y estudia qué tipo de políticas es necesario generar. A diferencia de otras izquierdas, no es dogmático. Esa es su principal riqueza. No todos los socialistas pensamos igual ni ofrecemos siempre las mismas soluciones. Pero, más allá de cualquier disputa, compartimos un arsenal de valores proyectados al futuro. Acercarnos a ellos garantizará el crecimiento del socialismo y mejorará el destino del mundo.

El socialismo, el cambio tecnológico y el futuro de las relaciones laborales

Debemos comprender, sin embargo, que las respuestas de hoy son mas complejas que las de ayer. El pensamiento socialista se forjó en una realidad diferente, con un capitalismo productivo relativamente estable, que extendía sus fronteras a partir de una industria pujante y en crecimiento. En tal sentido, fue capaz de gobernarlo y de democratizarlo, sobre todo a partir de su crisis de los años 30. Se trataba de un capitalismo que, en determinadas regiones del planeta, podía aspirar al pleno empleo a partir de la poderosa industrialización y las manufacturas.

Tras la crisis de los años setenta, y sobre todo, a partir del desarrollo de las nuevas tecnologías productivas y de la información y de la comunicación, el capitalismo dejó de ofrecer la certidumbre que brindaba. Vivimos una época de destrucción de empleo a la vez que de progresos productivos e informáticos.

Ya a principios de los años 30, John Maynard Keynes utilizó la expresión “desempleo tecnológico”. Con ella quería expresar los cambios sociales que se producían en la época: temía que un día la tecnología reemplazara a la fuerza del trabajo humano y que las consecuencias fueran exactamente aquellas a las que hoy asistimos: el desempleo estructural en diversas partes del mundo.

Lo cierto es que los nuevos procesos tecnológicos han modificado las relaciones de producción  y han cambiado la fisonomía de las sociedades. Hay quienes auguraron “el fin del trabajo”, otros que han hablado de “sociedades sin empleos” y también quienes han hecho cantos a la automatización productiva sin ocuparse de las consecuencias sociales que la misma provoca.

La automatización productiva genera las consecuencias descriptas con anterioridad. Pero también produce una oportunidad: la de repartir el trabajo y la de disminuir la cantidad de horas de empleo. Asimismo, habilita a pensar en una sociedad de productores libres y asociados, tal como lo hacían los socialistas de hace dos siglos. Estos procesos de avance y de progreso parecieran, en principio, estar lejos del socialismo. Pero vistos con detenimiento, nos pueden acercar a una sociedad más justa.

En este contexto, es necesario comprender la situación de los trabajadores: sus empleos son a corto plazo y con bajo compromiso con la empresa. Al decir de Sennett, en el neoliberalismo el tiempo está comprimido y las instituciones fracturadas. Los trabajos van reemplazando a la carrera y ya no son para toda la vida como en el Estado de Bienestar. Esto impacta claramente en la situación subjetiva del trabajador y de su acción colectiva. A su vez, no podemos dejar de mencionar uno de los puntos críticos de la situación laboral: el altísimo porcentaje de empleo no registrado. La informalidad en el trabajo tiene graves consecuencias para los trabajadores y sus familias y también para nuestras sociedades. Los trabajadores informales se encuentran sin redes de seguridad social, sin perspectiva de progreso y sin salario digno, sumidos en la pobreza. Por su parte, los jóvenes son quienes enfrentan con mayor crudeza estos obstáculos: dificultades de acceso al primer empleo, y si logran ese acceso, es mayoritariamente informal y precario.

Sin dudas, serán necesarios trabajadores más cualificados y se introducirán nuevas tareas en los procesos de producción. Esas tareas ya están originando nuevos empleos, pero circunscriptos a ramas específicas de la actividad tecnológica. Quizás sea hora de avanzar en propuestas audaces: si no todos podrán tener trabajo en estas condiciones ¿por qué no pensar en nuevas formas de distribuirlo? ¿Y en una renta básica universal que garantice derechos para todos desde el nacimiento?

El discurso neoliberal lleva siempre al mismo resultado: a aceptar la cultura de la precariedad, a asumir que hay seres “inútiles para el mundo”, a afirmar que los seres humanos solo deben ser medidos en función de su utilidad para el frío cálculo económico, que la productividad de la economía solo aumentará si se cercenan los derechos adquiridos por los trabajadores. ¿Pero qué sucedería si impugnamos esos criterios y esbozamos la oportunidad de utilizar los beneficios del proceso de cambio social a nivel global a favor de las grandes mayorías sociales? ¿Qué sucedería si a una modificación imparable le imprimimos un carácter renovador y progresista? ¿Qué pasaría en un mundo con oportunidades para todos?

Los socialistas debemos estar preparados para el nuevo mundo. La llamada “economía colaborativa” y que incluye servicios de transporte y alojamiento, que hoy ha sido colonizada por un capitalismo desregulado y depredador, puede ser percibida desde la izquierda como una oportunidad si es democratizada en servicio de los ciudadanos. En un mundo en el que cada cual podrá producir determinados bienes y brindar servicios, lo que se precisa es una direccionalidad. Y solo el socialismo democrático puede ofrecerla.

El avance de las telecomunicaciones, de la producción y de la utilización de nuevas tecnologías aplicadas a los procesos productivos, hacen necesaria la existencia de una voz firme y fuerte que permita dar a este nuevo marco global, un contenido humano. Los socialistas no podemos – porque lucharíamos contra nuestra propia esencia – oponernos al progreso. No estamos para negar las fuerzas de los procesos históricos sino para hacer de ellas una oportunidad. Donde el capitalismo solo ve voracidad económica sin importar que millones de hombres y mujeres en todo el mundo pierdan sus trabajos y sus modos de vida, los socialistas estamos para ver las posibilidades que ese proceso brinda en la modificación de la vida: estamos para proponer la reducción de la jornada laboral, compartir el trabajo, dar lugar a una sociedad en la que cada cual pueda ser productor de su propio destino.

Socialismo y democracia

El socialismo sólo puede generar  políticas en el marco de la democracia. Increíblemente, hoy, ya pasados diecisiete años del siglo XXI, vuelve a ser necesario reiterar la vocación democrática de la izquierda. En un  mundo que busca soluciones a la crisis desde posiciones autoritarias o demagógicas oportunistas, que derivan siempre en violencia, debemos reivindicar que nuestro marco de acción es el Estado de Derecho.

Una vieja consigna de Jean Jaurès dice: La Democracia es el mínimo de Socialismo, el Socialismo es el máximo de Democracia. Se trata de una antigua idea que sirvió para combatir dictaduras y procesos autoritarios levantados en nombre de los ideales de la izquierda. Cuando muchos apoyaban aventuras violentas en diversos países, los socialistas democráticos nos opusimos planteando que nuestra idea de sociedad era incompatible con la violencia política. En definitiva, si lo que se quiere construir es una sociedad más justa con oportunidades, no puede haber otra manera de hacerlo que desde la fraternidad y el respeto por las distintas identidades políticas y sociales, desde la pluralidad de voces y la diversidad en todas sus formas.

Para los socialistas la democracia no es, sin embargo, solo el marco político en el que desarrollamos nuestra acción. La democracia es mucho más: es un valor imprescindible que nos permite hermanarnos en las diferencias. Los socialistas, a diferencia de otras corrientes de izquierda, no creemos, sencillamente que la democracia sea uno de los tantos instrumentos para alcanzar nuestros valores. Para nosotros la democracia es en sí misma un valor. No sólo es un mecanismo para elegir autoridades sino la mejor forma de vivir en comunidad.

En el fondo de todos los planteos del socialismo está la democracia. De hecho, los fundadores del movimiento vieron en ella el sentido último del proyecto. De lo que se trataba era de hacerla extensiva a todos los ciudadanos. De ahí la idea de democracia social. Cuando buscamos que los trabajadores obtengan mayores derechos, cuando nos colocamos del lado de los perdedores del sistema capitalista y aspiramos a su mejoramiento cotidiano, cuando presentamos iniciativas políticas locales, regionales, nacionales y globales para modificar la situación de los más desfavorecidos, lo que estamos haciendo es ampliar la democracia. Eso se llama socialismo.

El socialismo y América Latina

La izquierda democrática vive en el mundo, como hemos mencionado anteriormente, momentos de repliegue. América Latina, nuestra región, vivió durante la última década experiencias políticas marcadas por nuevos clivajes de izquierda. Aún con todas sus diferencias, fueron englobadas en el criterio del reverdecer progresista regional y, con sus importantes distancias, dieron respuestas a una crisis del modelo neoliberal que, durante los años noventa, laceró a las sociedades de nuestros países. Sin embargo, tras un ciclo virtuoso de la economía con precios de los commodities nunca vistos, esas experiencias entraron en crisis.

Después de años de gobierno en América Latina, con evidentes logros en términos sociales, se ha producido un repliegue y un auge de las fuerzas de una “nueva derecha” que, en diversos aspectos, recuerda demasiado a la vieja. Los progresismos que, en sus diversas vertientes,  habían logrado reposicionar al Estado como un actor central de la política – terminando así con la concepción antiestatista de los años neoliberales – y que habían conseguido reducir los márgenes de la pobreza y la desigualdad, viven hoy un evidente declive.  Debemos preguntarnos qué sucedió?.

Siempre existe una opción fácil y sencilla. Culpabilizar de todo a la derecha. Asumir que era imposible combatir a un enemigo tan poderoso. Argumentar que la pérdida de apoyos se debió, sin más, a las conspiraciones de fuerzas oscuras. Lo cierto es que un análisis de ese tipo es pobre y complaciente. Y la izquierda no nació para ser complaciente sino para ser crítica

Tras años de gestión en diversos países, y con experiencias aún exitosas como las de Chile y Uruguay, muchos de los países de la región dieron una batalla económica y política importante. Tal como lo mencionamos anteriormente, se redujeron la pobreza y la desigualdad y el Estado volvió a convertirse en un actor clave en el ordenamiento social. Sin embargo, ¿qué sucedió con la necesaria batalla cultural? ¿Qué hizo el progresismo por modificar los patrones analíticos de la ciudadanía?¿Cómo trabajó con cada hombre y con cada mujer en el avance de una concepción nueva, que desterrara la cultura capitalista?

El progresismo perdió allí, en su propio terreno. La instalada idea de que la derecha desarrolla el proceso de crecimiento económico y que la izquierda redistribuye un crecimiento que no ha generado, llevó al restablecimiento en el poder de las opciones liberales y conservadoras en cuanto el crecimiento mostró un estancamiento, cuando no,  un declive.

Falló, asimismo, en su capacidad para proponer reformas tributarias progresivas, que hicieran eje en la justicia fiscal: que pague más quien más tiene. Los procesos políticos post neoliberales en América Latina se limitaron a captar una porción de la renta generada, como decíamos,  a partir de los precios exorbitantes de los commodities para volcarlos a la sociedad redistributivamente. No supieron o no pudieron modificar el sistema financiero expoliador. Tuvieron problemas evidentes para  proponer reformas estructurales políticas e institucionales.

La corrupción, que carcome y horada los vínculos sociales, comenzó también a extenderse sin límites en aquellos países con bajos niveles de institucionalización. Aunque cada gobierno adoptó medidas para combatirla, el influjo del poder económico y, sobre todo, del financiamiento de la política, acabaron con las buenas intenciones.

Las distintas experiencias de izquierda en América Latina nos enseñaron que no puede haber progresismo autoritario. Las peores experiencias han sido, sin lugar a dudas, aquellas que amedrentaron a parte de la población, aún cuando hayan tenido relativos éxitos sociales y económicos. No hay nada que haga más daño al progresismo que caer en la corrupción, en el autoritarismo y la demagogia. Eso vuelve débil a las  ideas, desvaloriza los proyectos, y lacera la capacidad de ofrecer una alternativa de futuro.

El caso argentino fue evidente. Aunque el socialismo argentino acompañó importantes decisiones como por ejemplo, en materia de Derechos Humanos, no pudimos menos que señalar las incongruencias y los límites de un proceso que quedó atrapado en una guerra de rivalidades superflua, innecesaria y falaz.

El socialismo en la Argentina

El socialismo ha tenido una historia rica en la República Argentina. Aunque muchas veces haya sido olvidado y despreciado, ha aportado buena parte de los derechos adquiridos por la sociedad. No importa que no lo haya hecho desde el gobierno: fueron miles de militantes comprometidos los que salieron a las calles desde fines del siglo XIX para defender los derechos de los trabajadores y las trabajadoras. Fueron miles los que se manifestaron por las 8 horas de trabajo, por el derecho al voto femenino, por la ampliación de la democracia a las clases sociales más desfavorecidas, por un sistema de justicia independiente, contra los monopolios en la economía y por un modelo de solidaridad social que nunca llegó a producirse de forma acabada.

En esa rica historia, el socialismo cometió, sin dudas, aciertos y  errores. Pero la fuerza de los valores y las ideas puso al socialismo, finalmente, del lado de la ética, la honradez y las posiciones progresistas. En los últimos años, con las experiencias de gestión en la ciudad de Rosario, en la Provincia de Santa Fe y tantos otros espacios institucionales, los socialistas argentinos demostramos que no solo sabíamos planificar y plantear ideas: también sabemos hacerlas realidad.

La realidad política en las que nos hemos tenido que desarrollar nunca ha sido fácil. Cuando llegamos al gobierno en la ciudad de Rosario, comenzaba la década neoliberal. El menemismo destrozaba los vínculos sociales y privatizaba la economía nacional. Debimos resistir desde nuestra ciudad y lo hicimos manteniendo la mirada de lo público, construyendo junto a la ciudadanía. Cuando llegamos al gobierno de Santa Fe, los tiempos habían cambiado. El peronismo, ahora en su versión kirchnerista, exhibía un progresismo que no era tal. Hermes Binner, quien luego llevaría al Partido Socialista al punto más alto de nuestra historia en una elección nacional, demostró que podía gobernar la provincia de Santa Fe ampliando un modelo social honesto, responsable y con capacidad de planificación y gestión. El trabajo de Hermes Binner resultó fundamental en la construcción de un nuevo tiempo para el socialismo en la Argentina. Con pluralismo y apertura, demostró que el socialismo podía abrirse paso y desarrollar una perspectiva nacional sólida y coherente,  ampliando su horizonte y su mirada hacia diversos sectores de la ciudadanía. No caben dudas de que el compañero Hermes Binner hizo aún más grande la historia del socialismo argentino.  Nos posicionó como una fuerza potente, capaz de disputar poder y de pelear posiciones de trascendencia, manteniendo las convicciones políticas e ideológicas.

Sin embargo, los vaivenes de la política argentina, imposibilitaron el desarrollo de ese proceso a nivel nacional.  Aún así, los socialistas nunca abandonamos la lucha consecuente por desarrollar en la Argentina una alternativa de progreso e igualdad.

Durante doce años, la Argentina vivió un proceso político singular que provocó adhesiones y rechazos. El kirchnerismo, que apareció como el emergente de la crisis de 2001, fue un proceso contradictorio que, si bien se enmarcó en el reverdecer progresista regional, tuvo luces y sombras muy nítidas.

Aunque con diferencias de estilo, las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner revalorizaron la política y, particularmente, el rol del Estado. Luego de décadas de privatizaciones, de políticas neoliberales y de abandono del Estado como regulador de la economía y articulador de la sociedad, las gestiones kirchneristas volvieron a colocar a la política como elemento fundamental de la sociedad. Buena parte de la juventud se sintió convocada nuevamente a la participación, y la sociedad comenzó a discutir los asuntos públicos. Sin embargo, la forma en la que se concibió y ejerció el poder desde el Estado y la escasez de mediaciones entre los líderes y la sociedad, habilitaron un proceso de resquebrajamiento del debate. Las formas en las que el kirchnerismo llevó adelante sus políticas y su comunicación, así como su concepción “amigo-enemigo” respecto de la oposición política, provocó divisiones y tensiones crecientes. Buena parte de la oposición también obró de la misma manera, y numerosos poderes fácticos se hicieron eco de los errores del kirchnerismo para realizar sus ataques al gobierno.

El Partido Socialista pretendió, durante todo el período, sentar su posición. Acompañó las políticas acertadas del gobierno kirchnerista y destacó, particularmente, su actitud respecto de los derechos humanos, campo en el que consiguió reabrir los juicios a los genocidas y torturadores de la última dictadura militar. Asimismo, el socialismo acompañó los procesos de nacionalización o reestatización, como en el caso de Aerolíneas Argentinas e YPF. Apoyó la reestatización de las AFJP y el regreso a un sistema de reparto jubilatorio estatal.

Sin embargo, las gestiones kirchneristas hicieron poco y nada por acabar con la estructura neoliberal y dependiente de la economía argentina. En tal sentido, desperdiciaron una oportunidad histórica de crecimiento que hubiera permitido al país establecer un nuevo modelo de desarrollo. Las tecnologías de la pequeña y la mediana industria no mejoraron para hacerlas más competitivas, el esquema tributario siguió siendo igualmente regresivo, y a pesar de algunas declamaciones políticas, tampoco menguó el poder de los especuladores financieros. Dejaron una Argentina con 29 % de pobreza. Como lo demuestran diversos estudios y análisis, el kirchnerismo actuó en torno a la estrategia del “versus”: al pretender oponerse – al menos teóricamente – al neoliberalismo, acabó mirándose siempre en su espejo. El resultado fue la reproducción de muchas de sus políticas económicas. En tal sentido, se desarrolló una aplicación heterodoxa de la ortodoxia económica. A diferencia de otros casos regionales,  la Argentina kirchnerista no avanzó seriamente en la superación de las estructuras neoliberales ni en una concepción novedosa y solidaria de la economía. Por el contrario, reprodujo sus formulaciones, paliando provisoriamente algunos de sus efectos. Aunque con profundas diferencias entre sí, otros casos regionales económicos e institucionales superiores al kirchnerista: propusieron una nueva idea comunitaria de la vida, favorecieron formas de organización social alternativas y dieron mayor peso a la sociedad civil en la toma de decisiones económicas. La estrategia del versus solo ayudó a reproducir las viejas estructuras. Ese fue, evidentemente, el fracaso kirchnerista.

Para los socialistas, el kirchnerismo representó un proyecto que incluyó en su interior a muchos progresistas y que atrajo a importantes sectores de la sociedad, pero que fue incapaz de avanzar en un sentido verdaderamente positivo. La corrupción se convirtió en una matriz y la división de las organizaciones de la sociedad civil, resultó evidente. El discurso “amigo-enemigo” sirvió para dividir a los sectores progresistas, a las organizaciones sindicales y hasta a los organismos de derechos humanos. La cooptación de organizaciones otrora independientes caldeó más aún los ánimos sociales de la ciudadanía que veía cómo su poder adquisitivo caía durante los últimos años de gestión.

Sin dudas, hubiésemos querido que las cosas fuesen diferentes. Pero el kirchnerismo eligió: entre progresismo y la diversidad de un peronismo que contenía elementos evidentes de derecha, eligió esto último. Eso le impidió – por su propia naturaleza – trabajar por la extensión de las políticas sociales a la categoría de derechos. Desarrolló un modelo de política social al que no dotó de sustentabilidad en el tiempo, otorgó asistencias de envergadura pero no hizo la tarea de dotar a la economía de una estructura capaz de sostener esas políticas, y abusó de la discrecionalidad. 

El kirchnerismo fue incapaz de cumplir las expectativas de muchos progresistas que veían en él una salida posible. Rechazó promover políticas como el 82% móvil para los jubilados, se negó a eliminar el impuesto a las ganancias para los trabajadores y a tender la mano a sectores progresistas a los que, finalmente, despreció. En definitiva, sentó las bases para una salida por derecha que acabó en el actual gobierno de Mauricio Macri.

El Partido Socialista ha afirmado su oposición  al rumbo adoptado por el gobierno de Macri. Resultaba evidente que la ciudadanía exigía un cambio, pero los socialistas no podemos menos que afirmar que este no es el sentido que debía tener. En algo más de un año de gestión, el macrismo se ha mostrado como un gobierno incapaz de dar respuesta a los problemas vitales de la mayoría de los argentinos.  Y su pretendido plan, desarrollado por “técnicos y especialistas” brilla por su ausencia. Lo que aparece, en contrapartida, es un regreso a políticas económicas liberales ortodoxas y permanentes excusas relativas a la “pesada herencia” del pasado. Tras un año de gestión, no hay excusas válidas. Lo que hay, en cambio, es falta de gestión efectiva y una política destinada a concentrar la riqueza en quienes ya la detentan. Profundizaron la brecha de la desigualdad.

El gobierno de Mauricio Macri, que asumió manifestándose como un decidido cambio de rumbo respecto de la gestión kirchnerista, ya se ha visto involucrado en las peores prácticas de la política argentina. La corrupción ya no es solo una presunción: es una realidad constatable. La situación irregular en los Panamá Papers, la condonación de la deuda del Correo Argentino –en el que se encuentra involucrado el grupo Socma, perteneciente a la familia del presidente y del cual el mismo mandatario formó parte -, y una política de blanqueo de capitales errática que perdona a estafadores y evasores, hablan a las claras del remañido nuevo rumbo del país. La indecencia y la corrupción están lejos de haber sido desterradas: se profundizan con sus vínculos empresariales y su relación con el mundo privado. Las propuestas para generar una mayor transparencia en el Estado, para fortalecer los asuntos públicos y eliminar toda sombra de sospecha de delitos, brillan por su ausencia.

La eliminación de las retenciones a las mineras, la liberación de las importaciones, el desmanejo con respecto al dólar y las divisas, han demostrado cuál era la idea de cambio del gobierno de Mauricio Macri. La prometida lluvia de inversiones no llega, y la expectativa del segundo semestre se extendió ya hasta límites impensados.

Los slogans efectistas del gobierno no pueden ocultar el intento de nombrar por decreto a Ministros de la Corte Suprema de Justicia ni su falta de voluntad para resolver los problemas de los trabajadores, que ven menguar su poder adquisitivo. Tampoco pueden ocultar los despidos indiscriminados en el Estado, su falta de apoyo a un modelo de educación más inclusivo y justo, y sus permanentes ataques a la ciencia y la tecnología. Los pequeños y medianos productores se ven hoy más hostigados por políticas desacertadas, existe una manifiesta incomprensión de las economías regionales, apertura de importaciones, tarifazos, falta de créditos blandos para bienes de capital. Este gobierno ha elegido: le quita impuestos al champagne y a los autos de alta gama importados, pero sostiene medidas impositivas regresivas para los trabajadores y la clase media.

Los socialistas debemos reafirmar, en tal sentido, nuestra propuesta ética- política de progreso e igualdad. Frente a un gobierno que en un año ha incrementado la pobreza a un 32,2% y ha desarrollado políticas que llevaron a una caída del salario real, es precisa una mirada humana y comprometida. Frente a un gobierno que blanquea a los evasores, es necesaria una respuesta de lucha efectiva contra el fraude fiscal y la corrupción. Frente a un gobierno despreocupado por la justicia, que actúa lentamente y en la que jamás terminan presos los ladrones de guante blanco, es preciso que el socialismo exprese,  con firmeza,  su posición de una justicia independiente

Para modificar esta situación será necesaria la concertación de fuerzas  diversas. La conformación de Frentes Progresistas, que incluyan no sólo a partidos políticos sino también a organizaciones gremiales y sociales, y a todos aquellos ciudadanos que apuesten a una salida solidaria y plural. Los socialistas estamos en el camino. Y vamos a construir esa alternativa desde la pluralidad de voces y la diversidad.

Nuevos horizontes para el socialismo

El socialismo argentino tiene una oportunidad. Frente a un gobierno de ajuste y reducción de oportunidades, y con una sociedad que demanda respeto por sus derechos y por lo conquistado por ella misma, el socialismo debe ofrecerse como alternativa; la que no será posible sin militancia. El socialismo debe ser, fundamentalmente, militante. Todos aquellos que se acercan merecen ser recibidos e incorporados. Y tener un ámbito de acción.

¿Alguien cree, sinceramente, que puede alcanzarse la transformación sin participación en los sindicatos, en las asociaciones intermedias, en las cooperativas? ¿Alguien cree que puede transformarse la sociedad sin militancia universitaria, sin participación en las organizaciones territoriales o sin actividad en los movimientos sociales?  ¿Alguien cree que puede modificarse el sistema sin asumir una nueva articulación de lo político que democratice las reglas de juego y que apueste a la deliberación ciudadana?

El desafío es profundizar y desarrollar esa tarea. Uno de los peores vicios de la política es la burocratización. La tendencia a quedarnos cómodos en nuestros lugares y a no participar de aquellos ámbitos reales de transformación. Los socialistas estamos llamados a trabajar con y en la sociedad para esbozar y desarrollar el cambio.

Para transformar es preciso, también, tener claro el deseo y conocer lo que se quiere cambiar o desarrollar. Y tener audacia para concretarlo. Uno de los grandes déficits del movimiento socialista democrático ha sido, durante los últimos años, la carencia de inventiva. Lamentablemente, durante muchos años, algunos socialistas abandonaron sus propuestas más ambiciosas. Se rehusaron a hablar de las contradicciones del sistema y se dedicaron, sencillamente, a administrarlo. Creemos que la sociedad capitalista no se transforma a través de golpes ni de violencias que solo contribuyen a negar la democracia, sino justamente democratizando paulatinamente las estructuras sociales. Sin embargo, no queremos adaptarnos al mercado ni al modo de vida que él nos ofrece. Queremos realizar, con sinceridad y ahínco, reformas estructurales.

La idea de reformismo siempre ha sido compleja. Para algunos, deseosos de transformaciones rápidas, expresa una idea de moderación política. Sin embargo, no hay política más revolucionaria que la reformista. El socialismo democrático asume que la sociedad no se cambia rápidamente (puede que se modifiquen las políticas pero el sustrato social puede permanecer inalterado).  La complejidad de las relaciones sociales existentes exige un trabajo permanente sobre las estructuras de la política real. En tal sentido, el avance progresivo hacia una sociedad más igualitaria es ya socialismo. El camino hacia la meta es la propia meta. Dicho de otro modo: las reformas son socialismo. Sin dudas, desarrollar paulatinamente políticas de transformaciones es trabajoso. Pero con ello se obtiene un beneficio y un éxito inconmensurable: el de transformar la sociedad sin lacerarla con la violencia o antagonismos irresolubles.

De lo que se trata, es de plantear con claridad las propuestas del socialismo  para este nuevo tiempo. Si nuestro objetivo no es solo ser oposición, sino ser, sobre todo, alternativa de gobierno, es momento de desplegar un potente arsenal de ideas hacia el presente y el futuro.  Ha llegado el momento de plantear con fuerza nuestra posición:  un sistema de salud basado en la atención primaria, un federalismo inclusivo y responsable, una política de educación fundamentada en la construcción de valores que renueve las formas de acceso al conocimiento, una política de seguridad que establezca límites al delito a la vez que trabaje sobre sus causas sociales. Ha llegado el momento de que el socialismo construya, a nivel nacional, por una batería de políticas públicas que lo muestren como lo que es: una verdadera alternativa política.

Su desarrollo dependerá de que seamos capaces de incorporar los temas que demanda la sociedad. No habrá socialismo sin un planteo ecológico y de sustentabilidad,  sin incorporación de la cuestión de género,  sin una propuesta política de y para los jóvenes., sin el abordaje de las diferencias, entre tantos otros temas.Los últimos años han demostrado que el deterioro de la naturaleza ha avanzado de manera acelerada. El cambio climático y la destrucción de los suelos por producciones que atentan contra el ambiente, modifican los patrones con los que debemos guiar nuestra acción política. En tal sentido, ya no sólo se trata de repartir mejor sino de garantizar la subsistencia del planeta. La sostenibilidad es, hoy, uno de los desafíos más urgentes de las fuerzas progresistas. A diferencia de muchos de los Partidos de la derecha que aún se niegan a discutir la necesidad de las energías renovables, de la necesaria política contra el cambio climático, y del respeto a la tierra en que habitamos, para los socialistas es parte de nuestra razón de ser.

Durante demasiados años, apelamos a planteos productivistas. De lo que se trataba, en suma, era de producir más y mejor para poder distribuir equitativamente las riquezas generadas. El Estado cumplía un rol esencial en tanto agente modelador de la sociedad, intentando sortear los peligros que suponía una “apropiación” meramente capitalista de la riqueza. Pero no se estuvo atento  a los nuevos conflictos que la producción masiva generaba en los propios terrenos de la producción. Ese es el desafío.

No podemos, de ninguna manera, dejar de plantear la necesidad de la lucha contra la violencia de género, contra los femicidios y contra la discriminación que una sociedad patriarcal sigue realizando sobre las mujeres. Las disparidades económicas y sociales son injustificables, y para los socialistas este debe ser un punto central de nuestra agenda. No se trata de “un tema más”  sino de una visión de la sociedad y del mundo. No se trata de una temática sino de incorporar los valores que provienen de una concepción humanista de la vida y del respeto por la mujer y su mirada del mundo.

Si queremos que este proceso se lleve adelante, si queremos transformar la sociedad en un sentido nuevo, deberemos beber de la juventud. No alcanza con darle voz a los jóvenes, hay que asumir sus críticas. No podemos circunscribir el debate de la juventud a “atender sus demandas” sino a dar oportunidades para que sean productores de su propio destino.

Los socialistas pensamos que la diversidad enriquece. Tenemos que ser capaces  de que todas las diferencias tengan una oportunidad de visibilizarse, de brindar su mirada, que es, en definitiva, los que nos nutre como sociedad.

El socialismo es la herramienta que la Argentina necesita. Está llamado a dar respuestas a los problemas de los hombres y mujeres que viven la incertidumbre de un mundo en crisis, que se mueve aceleradamente hacia el individualismo y la cultura del consumismo, que deja fuera del sistema a millones de personas Los socialistas debemos fortalecer nuestro trabajo y nuestra lucha. La formación política, la discusión de ideas, el estudio y el trabajo cotidiano.

Los socialistas debemos ofrecer una alternativa de solidaridad a quienes tienen miedo e incertidumbre. Debemos defender la igualdad. Debemos seguir ampliando y fortaleciendo los espacios de participación que son la garantía de una democracia social. Tenemos que insistir en que quienes más tienen, más deben pagar. Y en que los beneficios deben repartirse entre quienes más lo necesitan. Debemos reinventar las instituciones, e imprimir una política original a la luz de los cambios tecnológicos y de las relaciones sociales. Debemos trabajar incansablemente por comprender e impulsar un nuevo modo de repartir el trabajo y los recursos.

Debemos sembrar la esperanza de que nuestras ideas y nuestras prácticas son las que permitirán articular un poderoso movimiento que transforme los destinos de la ciudadanía.

Estamos llamados a hacerlo. Y vamos a hacerlo.

Un nuevo tiempo para el socialismo (PDF)
Antonio Bonfatti, Presidente, Partido Socialista (PS), Argentina
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